Sueño de un volcán
Mi isla tuvo que ser el sueño de un volcán,
del Teide seguramente -¿de quién si no?-,
para poder contemplarnos desde muy cerca, desde muy alto.
Tres cuervos cruzan reiteradamente nuestras
miradas, son negros como una noche alada,
sobrevuelan entre pinos mientras la luz se balancea
en agujas tornasoladas que encandilan.
Sueño pétreo -onírico paisaje- que trae
a la conciencia gigantescas y oscuras siluetas plenas
de asombro a pesar de la cotidianeidad:
distinta visión de un entorno inamovible.
Embriaga los oídos esta melodía tantas veces
deleitada del “Concierto de Aranjuez”.
En esta versión, un piano y una guitarra
se desgarran, abrazan como amantes que enfebrecidos
quieren arder en el instante de un acorde.
Vuelvo a mirar cuanto me ampara y rodea,
vuelvo a pasear por viejas veredas
vacías de tiempo y calor de antaño.
Ana Déniz

























