Aún nos toca el corazón el rayo
que no cesa, y nos descubre en el pecho
la brecha de tu ausencia, que es la misma
ausencia que dejaron otros muchos.
El viento del pueblo trae en sus alas
fuego y llanto, y cuando con fuerza alza
el puño de la solidaridad
desbroza en nuestro verso la esperanza.
Y aún tus tres heridas nos sublevan,
la de la vida: sangre en la palabra;
la del amor: la libertad del beso;
la de la muerte: la acallada voz.
Todos somos rama del mismo árbol,
hijos del sol y de un vientre de barro.
Somos la misma leña cuando ardemos,
única llama que por la paz clama.
Ana Déniz / 2010

La tarde rumia el deforme canto de las olas,
La tarde es lentitud que conforma una bóveda celeste
Donde el girar y girar del último vuelo de una gaviota
Se embellece con la última danza de los enamorados
Que de roque en roque
Lanzan sus gritos resonantes en labios que se acarician.
La tarde,
Poblada de sueños que se ofuscan por las praderas
Donde mi llamada se hace ausente
Como cometas blancas rotas al son de la melancolía.
Dos árboles hacen sombra, son puentes del vacío,
De la nada que arrastra mis manos envejecidas.
Dos árboles… que con sus miradas lánguidas
Barruntan la desnutrición de un sol
Que con su gemido desnudo
No es capaz de abarcar
Todos esos cuerpos azotados, despedazados por un hambre.
Insonorizados por la fuerza feroz de un viento abocado al desprendimiento
De rocas para sus fosas anónimas.
La tarde rumia el deforme canto de las olas,
Galopa en el divagar de un corazón que adolece
Al unísono de la madre naturaleza es campo marmóreo
En que el agrietar de las alas libres
Son lágrimas frente a un espejo
Cuya tierra baila en soledad, soledad.
Dunia Sánchez

Párate y vive
Acaricia suavemente la mañana
Y verás como te sonríe el día
Pon freno
Párate y vive
Suavemente disfrutando cada instante
Inhalando poquito a poco la existencia
Observando cada flor y cada llama
Cada gota derramada del crisol de nuestros días
Y refresca con silencio tus oídos
Y llénalos de cadenciosas olas
De correosas brisas bajo los árboles
Siente y disfruta del sutil vuelo de la mariposa
De la sonrisa inocente y del beso tierno
Párate
Yace en paz sobre la tierra
Mira al cielo y sonríele a la nube
A aquella blanca y viajera que galopa con mil formas
A la sempiterna azul de los cuadros
Déjate cubrir por la triste gris del invierno
Y ya abiertos los sentidos
-Y por un momento- gota a gota
Nebulízate
Con el hermoso llanto de la vida
Vive
Sin prisas atesorando momentos
Paseos y abrazos colores y formas
Sube la montaña y húndete en el firmamento
Y sé tierra feraz y fresco sol
Y sé noche amiga y mar salvaje
Y sé grandioso insecto y fiera dormida
Y hazte llevar -cual brizna de la hoja-
Hasta descansar entreverado con la tierra
En la mullida sombra del árbol de la vida
Pisa suave aunque el sendero sea abrupto
Y no molestes al mundo con tu paso
Paco Ramos 09-2008

Era una noche temprana.
En vertical caía
“el milagro de la vida”.
Al mirar a ambos lados
descubrí la soledad
del espejo en las baldosas.
La perla plena del cielo
oculta tras un gris manto.
Sólo unos cuantos contemplan
-guarecidos bajo toldos-
la lluvia que desdibuja
en zigzag los colorines,
de los rótulos brillantes.
Alguien grita y mientras corre
juega, otros esquivan charcos.
Poco a poco las miradas
van quedando ensimismadas,
vuelan libres los deseos
que levantan y salpican
la esperanza conquistada.
Luego los pasos despiertan
al silencio que ha crecido
esperando la tormenta
que anunciaban inminente.
Ana Déniz

Y me dijo el buen hombre: reza un Padre Nuestro;
y yo que había olvidado, recé:
Padre Nuestro ven a nosotros,
alivia el padecer que nos aflige,
funde las luces y sombras que nos cobijan
para que sane la alegría
que cabalga en nuestras venas
y vuelvan las sonrisas a revolotear;
y así se haga tu voluntad
cuando en la renuncia nos encuentres.
Amén.
Ana Déniz
Tengo un dado en cada mano: me juego la vida,
dos probabilidades de doce, diez en contra.
No es de carmín la loza, ni de olorosos pétalos,
es fría piedra, frío el muro, fría esperanza
si no ha de llegar. Avivo el hueco de las manos,
le susurro a los inertes cubos un deseo
al arrojarlos: la suerte está echada, los tramos
de vida también. Las dudas en el paladar
por unos instantes desdibujan las palabras.
Sobre la piedra lisa los dados, dos figuras
que me observan como dos ojos en la distancia:
son rojos, son ases ganadores, son futuro.
Ana Déniz
Tienes Tierra
En tus entrañas
De azufre y lava
Tú alma
Y a veces pierdes
La calma
De las formas más
Extrañas
Muestras tu rabia
Y te ensañas
Haciendo
Temblar tú nombre
Dejas que el mundo
Se asombre
De tu natural
Grandeza
La Tierra es
Naturaleza
Y el hombre
Sólo es el hombre
Paco Ramos
Mi isla tuvo que ser el sueño de un volcán,
del Teide seguramente -¿de quién si no?-,
para poder contemplarnos desde muy cerca, desde muy alto.
Tres cuervos cruzan reiteradamente nuestras
miradas, son negros como una noche alada,
sobrevuelan entre pinos mientras la luz se balancea
en agujas tornasoladas que encandilan.
Sueño pétreo -onírico paisaje- que trae
a la conciencia gigantescas y oscuras siluetas plenas
de asombro a pesar de la cotidianeidad:
distinta visión de un entorno inamovible.
Embriaga los oídos esta melodía tantas veces
deleitada del “Concierto de Aranjuez”.
En esta versión, un piano y una guitarra
se desgarran, abrazan como amantes que enfebrecidos
quieren arder en el instante de un acorde.
Vuelvo a mirar cuanto me ampara y rodea,
vuelvo a pasear por viejas veredas
vacías de tiempo y calor de antaño.
Ana Déniz
Vuélvete, sí, hacia mi.
Seamos esa frontera invisible
Donde nuestras manos pasan y pasan
En la caricia sublime.
Seamos árbol que en su canción de amor
Permite cambiar el destino de la extinción
De nuestros labios en una llamada
A la atmósfera que luego nos acogerá.
No reservemos más el abrazo
Para ese horizonte que no nos respira
Y aunque no pare de llover cenizas
Por nuestra pasión que el coraje
Nos emborrache en una fuga
Por cumbres nevadas de magarzas.
Vuélvete, sí, hacia mi.
El desierto impera con su profundo pesar,
Con su lamento mirándonos fijamente,
Con su constante ventolera de mares marchitos
Al son de los aromas de los caídos en la distancia,
Inyectándonos no se que sombra de borrascas
Que nos inducirá a la muerte del deseo,
A la languidez de la esperanza,
A la ruptura de la libertad en su alianza con los sueños.
Dunia Sánchez

Respirar en esta mañana, los verdes
recién amanecidos, dejarse
envolver por el silencio de las nubes
tormentosas, aún sin quejumbrar.
Y el acebuche en su quietud a la espera.
Y el cañaveral en el barranco
resistiendo como la luz en la noche.
Las palmeras en el lienzo del paisaje
con el fruto maduro exhibido.
El rocío en el trébol: blanco, brillante.
¡Ay del rojo intenso de la buganvilla!,
aún más intenso cuando crece el clareo.
Y yo que regreso del sueño, voy hacia la vida.
Ana Déniz
En las fuentes del pasado
Hay ecos de aquellos trinos
Y de cada invierno andado
Quedan barros del camino
De esos bellos manantiales
A sorbos beben mis sueños
Y en cada trago me empeño
En traspasar los umbrales
Tú portón infranqueable
Que el puntual regreso vetas
Son mis recuerdos tus grietas
Por las que volver es viable
Como polvo como harija
De mis molidos lamentos
Empujado por el viento
Me cuelo por tus rendijas
Me hago lágrima y silencio
Monto en alas de la brisa
Y en busca de tu sonrisa
Vuelvo a mi pasado recio
Recio voy para flor vieja
Ya sin pétalos ni aroma
Si tú primavera asoma
Me rondarán las abejas
Paco Ramos

Diciembre 28th,2009
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Una mujer mirando al cielo puede
causar un cataclismo inesperado,
hacer girar la tierra en direcciones
contrarias a la física más obvia,
siempre que en el mirar se fortalezca
el cauce loco de un torrente ciego,
el cielo esté dispuesto a la aventura
y no ponga pretextos ni barreras
a ese momento de la entrega henchida.
Una mujer mirando al cielo puede
hacer que condiciones necesarias
se den en el instante apetecido
y choquen cicatrices con orugas
dando paso al diluvio deseado,
siempre que en ese instante una paloma,
o en su defecto un pájaro aterido,
cruce con su mensaje la distancia
que va del corazón a la deriva.
Una mujer mirando al cielo puede
dar esperanza al moribundo y luego
pugnar con su dolor y amortizarlo
hasta que el movimiento coja altura
y vuelvan a crecer los girasoles
y fértiles las piernas resuciten,
siempre que en algún sitio una sonrisa
prenda la mecha de los marginados
y empiece la pirámide a sentirse
derrotada sin base y sin cobijo.
Una mujer mirando al cielo puede
forzar al ángel ruin a la renuncia,
hacer que un imposible niño crezca,
pactar con una nube solidaria,
abrir puertas que andaban oxidadas.
Para eso es necesario, imprescindible,
dar paso a la ternura y devolverle
a cada cual lo que al venir al mundo
corresponde llevar en la mochila:
a la risa el sentido de la risa,
al llanto lo que debe ser el llanto,
al abrazo su eterna geometría,
al corazón la sangre que no tiene.
Dadas las condiciones necesarias
una mujer mirando al cielo puede.
Pepe Junco
Como quiera que el año se desangra
y la nieve por fin lo abarca todo
paso páginas grises y me animo,
no sin dificultad, a ser más bueno
el año que a hurtadillas se aproxima.
Quiero dejar atrás y para siempre
esta cara mortuoria que me encuentro
cada mañana en un espejo roto.
Quitarle trascendencia y dramatismo
poniéndole en los ojos un anuncio:
este de aquí se muda a la alegría.
Dejar que los pesares se suiciden
en la niebla más densa del olvido
y ponga el sol ribetes de sonrisa
a esta boca que nunca se termina,
a este murmullo de palomas rotas,
a esta desalación que el gesto lleva.
Partir así de nuevo a la ternura
sin otra tentación que ser dichoso
perdido en el perfume de las flores,
durmiéndome en tus pechos entregados,
dándole marcha al cuerpo dibujando
figuras imposibles en el viento.
Vivir con lo preciso y esmerarme
en conseguir pese a la edad que tengo
una renovación de carne y huesos,
una oxigenación de los rincones
atorados que llevo en las arterias,
la redención final, definitiva
de penas y pecados cometidos.
Con esa voluntad salgo a la calle,
no felicito más porque no puedo,
renuevo mi vestuario y mi sonrisa,
marco un ritmo de joven liberado
y entono una canción de despedida.
Pero después, apenas un instante,
me llegan, sabe Dios de qué lugares,
tanto dolor y tanta pesadumbre
que cambio posición y ensimismado
vuelvo a rumiar mis viejas maldiciones
como si el año no acabara nunca.
Pepe Junco

Diciembre 14th,2009
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Diciembre 8th,2009
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Que me lleven a tierra caliente,
allí donde el sol pose sus alas
-en la mañana-, sobre mi polvo herido.
Que revolotee antes de cubrirme
con la cálida luz del naciente
hasta hacerme danzar en la llamarada
de la vida -galope en el pecho-.
Que me lleven, sí, lejos del frío,
lejos de la niebla y la opacidad,
para escuchar el primer rumor,
el canto telúrico, ancestral,
que olvidado pervive en la primigenia
piel que emergió con la marea de un vientre
de mujer, que engendró cuanto he sido.
Ana Déniz

Diciembre 6th,2009
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Quieta en la acera, sola y con paraguas,
una mujer aguarda.
La atmósfera invernal.
La lluvia tamizada,
hace estremecer la densa mañana,
en su desmaquillada
piel, lienzo virginal
para un novel pintor.
Un impulso, como un salto de agua,
moviliza sus pasos.
Soterrados los ojos,
ocultan la mirada.
La mujer con paraguas, sin destino,
perdida en la espiral de un vago sueño,
siente vibrar su cuerpo,
llama bajo un diluvio.
Ana Déniz

Diciembre 3rd,2009
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Permíteme aunque te incomode
llenar de lágrimas tu hombro.
Déjame ocultar el semblante
que hoy viste su luz más triste.
No viene cargado de polvo,
llega inmaculado a buscarme,
ave de luz en el ocaso:
tiempo que no va, sino viene.
Cuando la duda se desvele
cuando la certeza se curta
mientras crece la oscura luna
bajo mis ojos, que ya ahogados
buscan la esperanza en el sueño,
y en el mar persiguen la barca
que no logro alcanzar a nado.
Ana Déniz
Querías borrarme del paisaje,
desdibujarme de la memoria.
Ya ves,
al final son versos
que al caer como rocío
en los pétalos cálidos,
los que hablan por mí.
Ya ves,
a ti el ansia, ciega y dispersa,
a mí la quietud, cobija y encuentra.
Ana Déniz

Noviembre 26th,2009
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En la lejanía
Se vislumbran sueños de esperanza
Donde el ser vuele y vuele
En libertad.
Cuentan que más allá de estas tierras donde el sol quiebra a las piedras que gritan existía una duna donde todos los sueños se cobijaban. Allí, en aquel lugar iban a parar todos aquellos que querían borrar de sus mentes el sufrimiento, el castigo de nacer niño en unos países rodeados de buitres. Dicha luna estaba vigilada por un cuervo y rodeada cuando la luna nacía por una charca de peces de multicolor. Cada pez había sido un chaval cargando un fardo de ramas, cada pez había sido un pibe apuntando un fusil y así sucesivamente. De todas partes del mundo había peces, almas que habían huido con su vida por los andrajosos caminos de este mundo guiados por la plateada hasta llegar a la duna. Todos los corazones dañados con sus pies desnudos subían a la duna y desde ahí divisaban el mundo que había quedado en su inocencia muerta. Entonces se despojaban de sus fardos, de sus fusiles, de sus piedras preciosas, de su azada, etc… y se lanzaban a la charca para nacer de nuevo sin esos cuchillos de sangre tras sus espaldas con el hechizo de ser una nueva alma en las sendas de la libertad, de la paz, la esperanza, el respecto.
Dunia Sánchez

Noviembre 16th,2009
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Dejémosla vivir en la callada luna,
con sus ciclos y brillos con las sombras a cuesta,
con el alba dormida con los copos de fuego.
Que recorra senderos soñolientos destinos,
que perciba el temblor de la mano del tiempo,
que cristalizar puedan los nocturnos silencios.
Si al beso despereza repicando en su pecho,
florecida la voz en el aire sorprenda,
que de penas y lutos despoblado esté el vientre.
Palabra tras palabra retoñe el universo,
enjambre de misterios en el cuenco del verso.
Que las frases desvistan el sudor y la fiebre,
que el dolor se detenga que la vida no ceda.
Ana Déniz
Noviembre 16th,2009
1. Mis poemas |
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Noviembre 9th,2009
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Sobrevolar la ciudad
ver desde lo alto, la cascada de buganvilla
fucsia extenderse sobre la grama verde
y húmeda, que huele a todas las hierbas jóvenes.
Volar en la libélula metálica que diviso a lo lejos
para que me transporte más allá del latido.
Mirar desde la altura el corazón del dolor
de esta urbe en donde se suma uno con dos y más…
donde el canto de sirena es oportunidad
es puerto al que ansiar llegar sin desear
permanecer. Se pavonean las plumas verdes
de los flamboyanes que expresionan la mirada
que se abandona cuando llega al azul del mar
uniéndose a las olas que rompen níveas,
que vienen y vuelven al encuentro de la orilla.
Me aproximo al helipuerto, alguien me alerta:
¡Stop! -paso prohibido- ¿pensará qué voy
a abandonar la crisálida y alzaré el vuelo?
A pesar de la sorpresa sonrío, sonrío…
mientras aletea por la mente este poema.
Ana Déniz
Se deslizaba la humedad por el campo,
el sol de la tarde incendió la pared,
vi bosquejarse en el reverso de la retina
el atardecer que no consiguió alegrar las pupilas,
al quedar oculto el astro en el fondo del callejón.
Como un sueño inyectado en sangre lo sentí
recorrer las venas frías y azules de la vida
que fluye, y en su inercia se abandona y avanza,
mientras una pareja besan sus primaverales
labios que se impregnan de aroma jazminero
que desprende el embaucador jazmín,
conocedor del alcance del fluir de sus esencias,
mientras la brisa en su solitario juego
va depositando gotas del caído relente en su flor.
Ana Déniz

¿Por qué elegir París para morirte?
¿Es que acaso París tiene licencia
Para enterrarte, César, y omitirte
Con tus dolores, con tus disidencias?
César, regresa: prueba a redimirte
Más allá de tus versos y dolencias:
Que no vuelva París a desoírte
Con su testimonial benevolencia.
No sé nada de ti, salvo tu ausencia;
Nada sé de tu canto, tu alegría,
Si es que gozó tu vida esa insolencia;
Si existe Dios, apela a su ironía:
Vuelve, César, y dame tu anuencia
Para desenterrar la poesía.
Pablo Cabrera
Hay en tu piel un continente dibujado:
con sus ríos, lagunas, cuencas,
con los campos arados, el trigo maduro, níveo.
El tiempo que se erosiona
en las cimas -trovador en los abismos-
narra fósiles historias,
épicos poemas salpicados de ternura.
No logro adentrarme
en el mar de tus palabras,
que viven silenciadas junto a varados
versos, que quedaron
esperando la aurora, en la orilla de la boca.
Ana Déniz

La última ola de la tarde arrastró
el verano a la profundidad del océano.
Hoy el día es del otoño y la lluvia.
No soy caperucita
ni el lobo me asaltará en el camino
en esta tarde tormentosa,
a pesar de mi chubasquero rojo.
El dedo índice hace de parabrisas
en el cristal, abriendo hueco en el vaho:
sobrecoge esta repentina visión.
Descubro que atardeció en el mediodía
que pasa desconsolado.
El paisaje es una cortina de gotas
que contiene los brillos y mixturas
de venideros verdes.
El agua va arrastrando los vestigios
que aún quedan del estío y su calor.
Un escalofrío serpentea veloz
por mis vértebras, que niegan la estación.
Ana Déniz
I
En la atmósfera la incertidumbre
haciendo estragos como una plaga
que arrasa certezas y rutinas.
II
La incertidumbre es un espejismo
de sombras, luces; asombros, llantos,
camino de movediza arena.
III
Asoma por el resquicio de la vida
la incertidumbre, sin soplo ni tropiezo,
a deconstruir castillos enraizados.
Ana Déniz
Septiembre 27th,2009
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Septiembre 23rd,2009
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Las amapolas de luto con crespón negro.
Rodando en el aire de la tarde el silencio.
El azabache bajando por la ladera.
La palidez de los sueños, vencidos.
Bajó el sol el luminoso telón del día,
puso fin a tanta farsa representada.
Nos dejó con el rostro apagado, sin luz
para que podamos desencajar las lágrimas,
relajar el gesto, ser el propio dolor,
sin que nadie con intención malinterprete,
la herida que ocultamos bajo la sonrisa.
Ana Déniz
Septiembre 23rd,2009
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Septiembre 17th,2009
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Es tinto su color. No es vino ni sangre:
es río es hierro es rojo,
es agua que corre hacia el mar.
Su naciente: veta de minerales,
polvo encendido, ocres, verdes…
En el atardecer adormilado de una charca
se funden los bancales
cincelados con sudor.
El abandono te ha hecho hermoso,
paisaje por donde el río fluye
y descansa del sueño
y la ambición del hombre.
Ana Déniz
Septiembre 17th,2009
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